Color español enfermo

Marqués:

Conde de Guiché, !Oh, qué bellos encajes! ¿Podéis decirme, si de importuno no peco, su color? ¿”Vientre de sapo” o de “Niña dame un beso”?

Conde de Guiché:

Un color que está de moda: color de “español enfermo”.

Marqués:

El nombre no miente: pronto gracias a vuestros alientos, mal lo va a pasar en Flandes el español.

Cyrano de Bergerac, traducción de los años 40 del siglo XX

Seguramente, la costumbre de dar a los matices y tonalidades infinitas de los colores nombres compuestos y ciertamente rebuscados (además de irónicos o entretenidos), tiene que ver con la época de las preciosas en Francia y su renovación del lenguaje que tuvo lugar en el siglo XVII.

En 1617, Theodore Agrippa d’Aubigné refiere en el libro Aventures du baron de Fæneste, que la enorme cantidad de nombres de color usados en la Corte, surge de una batalla dialéctica de palabras más que de la relación con las sensaciones visuales que producen los colores. Enumera muchos de ellos. Algunos, traducidos al español, vendrían a ser: color regocijo de viuda, tiempo perdido, carne de res ahumada, estreñimiento, rascador de chimenea, deseos amorosos, fiebre azul, mono moribundo, muslo de ninfa emocionada, caca de delfín, o fóllame querida (baise-moi-ma-mignonne, traducida en el texto citado al inicio como “Niña dame un beso”).

Los colores español enfermo (espagnol malade) y español moribundo (espagnol mourant) parece ser que estuvieron de moda, aunque a falta de una carta de colores y una descripción precisa, no sabemos cómo son. Aparecen citados en varios libros de la época. Denis Tibi lo utiliza en Lettre d´un gentilhomme de la Valtoline envoyée au grand-maistre des Cocus réformez en 1624, y en 1638 André Mareschal lo cita en la comedia Le Railleur ou la satyre du temps. Pero será en el siglo XIX cuando se hagan más sonoros al público, al convertirse en recurso de escritores de novela histórica que hablan de ese siglo XVII. Tal es el caso de La Cour de Marie de Médicis, mémoires d’un cadet de Gascogne, 1615-1618, escrita en 1830 por Anaïs de Raucou, y por supuesto, quien más partido le saca a este color de tonalidad española es Edmond Rostand en su obra Cyrano de Bergerac (1897).

Matices precisos o tonos así nombrados parece que fueron comunes en los siglos XVII, XVIII y XIX. La pregunta es si realmente se llegó a usar en la calle de forma habitual o si se limitó su uso a los círculos eruditos. O, quizás, sólo forman parte de las páginas de la literatura.

Recordé este tema de los nombres de colores un día que encontré en una tienda de Denver en EEUU, un tejido realizado en India cuyo color lleva el nombre de Málaga. Siempre he pensado que Málaga, la ciudad andaluza del sur de España, es de color buganvilla.

 

Texto de Theodore Agrippa d’Aubigné donde se citan los colores:

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