Visiones y visitas de Don Francisco de Quevedo en el siglo XVIII.

Como un viajero en el tiempo, Francisco de Quevedo (1580-1645) visita a Diego Torres de Villarroel (1694-1770). Han pasado 100 años. Reina Felipe V en España. Villaroel le pone al día de su época.

 

Los petimetres y los lindos en 1727:

Con su maleta de tafetán a las ancas del pescuezo venía por este camino un mozo puta, amolado en hembra, lamido de gambas, muy bruñidas las enaguas de las manos; más soplado que orejas de juez, más limpio que bolsa de poeta, más almidonado que roquete de sacristán de monjas y más enharinado que rata de molino; hambriento de bigotes, estofado de barbas, echados en almíbar los mofletes; tan ahorcado del corbatín, que se le asomaba el bazo a la vista, imprimiendo un cinturón tan bermejo en los párpados, que los ojos parecían siesos. Era, en fin, un monicaco de estos que crían en la corte como perros finos con un bizcocho y una almendra repartido en tres comidas.

Venía, pues, columpiándose sobre los pulgares como danzarín de maroma, con sus vaivenes de borracho, ofendiendo las narices de cuantos le encontraban con sus untos, aceites y inciensos. Parose enfrente de un balcón, y mi discreto difunto se quedó también observándolo. Dio el tal Don Líquido dos palmaditas a las güedejas cabrías de su peluca; sacó un reloj de pinganillos, con que se venía aporreando la ingle derecha y luego la caja del tabaco (y si hubiera tenido más cerca la cuchara, escarbadientes, y el tenedor, también hubiera salido a la plaza); y tomó un polvo soplado cinco o seis veces (…)

Jacobo Fitz-James Stuart y Colón, III duque de Berwick y de Liria. Colección Fundación Casa de Alba.

– Dime, Torres, – dijo mi difunto. – ¿Qué mozo es éste y otros mil vagabundos que he visto rodar por esta corte?

– A éstos – respondí -, los crían sus padres para secretarios del rey, y vienen a parar en verederos de tabaco con dos reales y medio al día. Éstos gastan tocador y aceite de sucino porque padecen males de madre; gastan polvos, lazos, lunares, brazaletes y todos los disimulados afeites de una dama. Son machos desnudos; y hembras, vestidos. Malogran los años y el alma en estas insolentes ocupaciones; y el oficio que ves es el empleo de su vida, porque acusan como infame el trabajo y el retiro. Viven haciendo votos a la lujuria y promesas a la fornicación; y después de bien bañados en la desenvoltura que has visto en este mentecato, marchan por las calles de la corte a chamuscar doncellas y encender casadas. (…)

Visiones y visitas de Don Francisco de Quevedo, 1727.

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