El viejo Señor Grandet y su estilo demodé.

DSC_0009El Señor Grandet es un rico inversor burgués de provincias que vive en un pueblo de la región francesa de Saumur. Es un hombre de costumbres. A pesar de rondar los 70 años y continuar con sus negocios en la segunda década del siglo XIX, Grandet viste como en sus años mozos. Su traje, el terno heredado del rococó francés compuesto por calzón, casaca y chupa (posterior chaleco), no ha variado desde 1791, año glorioso de la Revolución Francesa en el que la Asamblea Nacional Constituyente promulgó la primera Constitución escrita de la historia de Francia, convirtiendo el país en una monarquía constitucional. No sé si esta es la razón por la que la nostalgia llevó a Grandet a vestir siempre a la moda de ese año. Pero es una razón más que encomiable.

DSC_9996Honore Balzac cuenta en esta novela la historia del Señor Grandet y la de su hija, Eugènie Grandet, título del libro escrito en 1833. En apenas unas líneas, Balzac describe al personaje físicamente, rascando en su perfil psicológico.

“Físicamente, el Señor Grandet era un hombre de unos cinco pies de estatura, rechoncho, cuadrado, con pantorrillas de doce pulgadas de circunferencia, rótulas nudosas y anchos hombros; tenía el rostro redondo, curtido, marcado por la viruelas loca; la barbilla era recta, los labios no presentaban ninguna sinuosidad y tenía los dientes blancos. Sus ojos tenían la expresión calmosa y devoradora que el pueblo atribuye a los del basilisco; su frente, surcada por arrugas transversales, no carecía de  protuberancias significativas; sus cabellos amarillentos y entrecanos, eran oro y plata, según decían algunos jóvenes, que ig­noraban lo grave que era hacer bro­mas a costa del señor Grandet. Su nariz, gruesa en la punta, portaba un lobanillo venoso que el vulgo imaginaba, no sin razón, hen­chido de malicia. Semejante rostro anunciaba una sagacidad temible, una probidad sin calor, el egoísmo de un hombre acostumbrado a con­centrar sus sentimientos en el goce de la avaricia y en el único ser que le importó realmente algo, su hija Eugènie, su única heredera. La actitud, los modales, la manera de andar, to­do e él atestiguaba esa confianza en sí mismo propia del hombre que ha acertado siempre en todo lo que ha emprendido. Así que, aunque de costumbres en apariencia fáciles y suaves, el señor Grandet tenía un carácter de bron­ce.

Vestido siempre del mismo mo­do, quien le veía hoy le veía tal como era desde 1791. Sus fuertes zapatos se anudaban con cor­dones de cuero; llevaba en invierno y en verano medias de lana fruncidas, calzón corto de grueso paño marrón con hebillas de plata, un chaleco de ter­ciopelo a rayas amarillas y color pulga con doble hilera de botones, una amplia casaca parda de largos faldones, una corbata negra y un sombrero de cuáquero. Sus guantes, tan recios como los de los gendarmes, le duraban veinte me­ses y, para conservarlos limpios, los colocaba sobre el ala del sombrero, siempre en el mismo sitio, con gesto metódico.”

Estilo de casaca de 1790 (Museo de Kyoto).
Estilo de casaca de 1790 (Museo de Kyoto).

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El sombrero de cuáquero, de copa baja, y el sombrero estilo cuáquero 
de copa alta que se estiló a comienzos de la década de los 90.
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