La velación. Una estética impostada.

Velación es un término exclusivo del género femenino. Una imposición estética consecuencia de la construcción ideológica de género, fundamentada en la diferenciación sexual y en la discriminación entendida como inferioridad de la mujer frente al varón.

1515, Bernhard Strigel,
1515, Bernhard Strigel.

La velación es un hecho ligado a la idea de subordinación de la mujer. La raíz de este postulado se encuentra en la tradición judaica, expresa a través del Antiguo Testamento, y en la ideología cristiana que se modela a partir del Nuevo Testamento, y especialmente de San Pablo. De la Biblia se toman todos los alegatos que en el medievo utilizaron los Santos Padres, escolásticos, teólogos y moralistas, para desarrollar en sus escritos exegéticos la idea de la irracionalidad de la mujer, ser inferior y débil que debe pleitesía al hombre[1]; pensamiento que convirtieron en doctrina, y que también se plasmó en tratados de carácter científico, como los de medicina y salud.

18-1 tocado cabezaYa el Génesis habla de la hembra como elemento secundario de la creación[2], que fue culpable de la mayor desdicha de la humanidad: la introducción del pecado en el mundo[3], culpa por la que sufrirá un castigo desde su condición biológica que, además de sufrir preñez y parir con dolor, le obliga a someterse al hombre porque su flaqueza es tal, que su propia ansia la convierte en ser dependiente[4]. La mujer se configura para estos ideólogos, y por lo tanto para toda la sociedad, como ser irracional cuya debilidad conduce a la maldad, o bien, es en sí misma vileza. Por eso el cuerpo femenino se entiende como bien material que pertenece al género masculino, ya que el hombre ha de custodiarlo, porque la hembra carece de razón, pues vive dominada por sus pasiones sufriendo una constante desviación de su moral sexual. No sólo dependerá de él y habrá de obedecerle porque él es su cabeza racional[5], sino que la emancipación femenina se tachará como acto de rebeldía[6], así que, la mujer debe ser sumisa al hombre y acatar su mandato[7].

1430-35, Robert Campin
1430-35, Robert Campin

La velación de la mujer será la manifestación de esta sumisión. La cita clave sobre la que se ha debatido y escrito tantísimo, está contenida en la primera epístola que San Pablo escribe a los Corintios, capítulo XI, versículos 3-15, justificando la velación femenina como signo de sujeción al hombre en los versículos centrales, 7-10:

                  “El varón no debe cubrirse la cabeza, pues es imagen de la gloria de Dios;  pero la mujer es gloria del varón. En efecto, no procede el varón de la mujer sino la mujer del varón. Ni fue creado el varón por razón de la mujer, sino la mujer por razón del varón. He aquí porqué debe llevar la mujer sobre la cabeza una señal de sujeción por razón de los ángeles.”

Este comentario pasó a ser fundamento de doctrinas teológicas en boca de infinidad de doctores, cuando las cartas paolinas son definidas por estudiosos como escritos de ocasión (Ubieta López 2000: 1643), una respuesta precisa a un problema o una situación concreta de las comunidades a las que el Apóstol se dirige en su epistolario. Sin embargo, la Iglesia consiguió a través de sus pensadores imponer una creencia que devino en obligación, como fue, en este caso, el uso del velo entre las mujeres.

Personificación de la lujuria. Capitel de San Giovanni in Borgo, Pavía (Lombardía), siglo XII (en el Museo Cívico del Castello Visconteo).
Personificación de la lujuria. Capitel de San Giovanni in Borgo, Pavía (Lombardía), siglo XII (en el Museo Cívico del Castello Visconteo).
Babilonia, la Gran Prostituta del Apocalipsis. Capitel, deambulatorio de la iglesia colegiata de San Pedro en Chauvigny, Francia. Siglo XII.
Babilonia, la Gran Prostituta del Apocalipsis. Capitel, deambulatorio de la iglesia colegiata de San Pedro en Chauvigny, Francia. Siglo XII.

La tesis de la velación se refuerza con otro postulado: el cabello femenino como fuente de pecado, tras el que se esconde un imperativo de carga sexual[8]. Los sermones y el arte se encargarán de cubrir a réprobas, pecadoras, prostitutas, personificaciones femeninas de tentaciones y castigos, alegorías de vicios, …, con luengas y desaliñadas matas de pelo. Sin embargo, la mujer debía llevar el cabello largo como condición femenina esencial, pues “la cabellera le ha sido dada (por Dios) a modo de velo” (I Co. XI, 15). De hecho, las jóvenes que se encontraban en edad casadera, doncellas en cavello, lucían su melena suelta o en trenza con algún adorno, a modo de reclamo y valor hacia su persona, además de ser mandato sagrado, como así se recoge en algunos versículos paulinos, pudiendo aludir de nuevo al capítulo XI de la primera carta a los Corintios:

“[…] la cabeza de la mujer es el hombre […]. Y toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, afrenta a su cabeza; es como si estuviera rapada. Por tanto, si una mujer no se cubre la cabeza, que se corte el pelo. Y si es afrentoso para una mujer cortarse el pelo o raparse, ¡qué se cubra!” (I Co. XI, 3-6)[9],

que culmina con los versículos 14-15: “¿No os enseña la misma naturaleza que es una afrenta para el varón la cabellera, mientras es una gloria para la mujer la cabellera?. […][10]. Así como afirma el Apóstol que la mujer ha de llevar pelo largo y cubrirse la cabeza, no se olvida de apuntar la deshonra que supone para un hombre la cabellera[11]; sin embargo, esto último nunca se legisló, y la atención que le prestaron los moralistas no tuvo eco en la sociedad. El hombre lució melena cuando quiso, como en los siglos X y XI, en los que se prolongó hasta los hombros, llevándose a veces recogida en trenza; o en siglos posteriores, en los que largo y forma respondían simplemente al gusto que estaba en boga.

1432, Jan van Eyck
1432, Jan van Eyck

Durante la Alta Edad Media, época de expresión románica, la mujer usaba el velo sin excepción, imposición decretada por los estados y la Iglesia. El velo, sencillo paño rectangular que caía sobre cabeza y hombros, se acompañó con una toca de herencia bizantina que cubría el velo y se cerraba en el pecho. Posteriormente se abrió y se combinó con piezas como el reboco, el griñón o el paternóster, todas con un mismo propósito, cubrir garganta y pecho.

Sin embargo para el hombre, no sólo no fue una exigencia cubrirse la cabeza, sino que además no tuvo costumbre de usar tocado, empleándolo únicamente cuando era necesario, como el sombrero para los viajes o la cofia bajo el capiello de armar (casco militar) para proteger (Bernis 1955: 17). Ni que decir tiene que el velo nunca entró a formar parte del vestuario masculino, siendo un elemento exclusivamente femenino.

La Iglesia castiga a las mujeres que no cumplen con el precepto de la velación, incluso con la muerte. Ejemplos de leyes dictadas hay a montones, como la que en 1096 decretó en un concilio Guillaume, arzobispo de Rouen, concluyendo que las mujeres que exhibieran los cabellos largos serían excluidas de la iglesia toda su vida, prohibiendo a familiares y allegados que, incluso después de su muerte, rogaran por su alma. Arrancar el velo a una mujer era la mayor deshonra a la que se la podía someter.

Jealous husband 1490-1500 from Romance of the Rose Guillaume de Lorris and Jean de Meung Le Roman de la Rose
Miniaturas de un manuscrito de finales del siglo XV de Le Roman de 
la Rose (escrito por Guillaume de Lorris y continuado por Jean de 
Meung, siglo XIII). Escena de marido celoso.

Desde el arranque del gótico en el siglo XIII, ciclo de crecimiento económico y urbano que traerá notables cambios en la mentalidad, la indumentaria adquiere gran fuerza como distintivo de poder y de categorización social. En esta época, y más concretamente a lo largo del siglo XIV, es donde los historiadores ubican el nacimiento de la moda (Lipovetsky 2002: 30 y Riviere 1992:22) como consecuencia del desarrollo de la ciudad, foco de vida e intercambio, donde el juego de las apariencias empieza a ser substancial al mezclarse las distintas clases en un mismo núcleo, siendo necesario exteriorizar la diferenciación en la que se basaba ese sistema jerarquizado. Ya no sólo ostenta el poder la aristocracia, pues la burguesía se enriquece y compite con ella, buscando la aproximación a la esfera nobiliaria a través, entre otros factores, de la indumentaria.

El varón empleó tocados de manera habitual a partir del siglo XIII (Bernis 1955: 24), por necesidad en las ocasiones precisas y por moda (apariencia social) fundamentalmente. Entre tanto la mujer sustituirá, poco a poco y a la sombra del vestir masculino, el uso del velo por el de los tocados. La toca románica pasa a catalogarse de tocado honesto en el transcurso de los siglos.

1430, Rogier van der Weyden.
1430, Rogier van der Weyden.

Se idean sencillas maneras de recogerse el cabello con cofias, crespinas, albanegas, alquinales, garvines, tranzados, capillejos,…, junto a tocados que se complicarán a medida que se aproxima el siglo XV, y que inicialmente acompañaban al velo, como las guirnaldas, los rollos, los templers o los bonetes. Pero el velo perderá su sentido originario y pasa a ocupar la categoría de elemento ornamental, colocándose fuera del tocado, como se hizo en el de cuernos, el de corazón, el henin truncado y el de cucurucho o el tocado de mariposa, este último en boga entre 1450 y 1485.

1439, Jan van Eyck.
1439, Jan van Eyck.
1470, Hans Memling.
1470, Hans Memling.
1470, Rogier van der Weyden.
1470, Rogier van der Weyden.
1503, Lucas Cranach.
1503, Lucas Cranach.
1511-15, Rogier van der Weyden.
1511-15, Rogier van der Weyden.

La exoneración del uso del velo procuró su abandono. En su lugar, por fin comenzó a exhibirse tímidamente el pelo, novedoso componente estético que se combinó con tocados y tocas. Serán las italianas las primeras en dejar asomar sus cabellos sin reserva alguna anunciando la Edad Moderna (Argente 2002: 48). El uso del velo y su función simbólica desaparece como obligación doctrinal a lo largo del siglo XVI, la obligación moral a prorrogado su uso hasta el siglo XX en la cultura cristiana occidental.


[1] A lo largo de la Edad Media fueron Padres de la Iglesia como San Ambrosio o San Agustín, escolásticos como Pedro Abelardo, Bruno de Segni, Pedro de Poitiers, Anselmo de Laón, Hugo de San Víctor, Haymo de Auxerre, Lanfranco de Bec, Pedro Lombardo, etc.

[2] Gn. II, 18-19, 22-23. “Dijo Dios: “No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada”. Y Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver como los llamaba, y para que cada ser viviente tuviera el nombre que el hombre le diera.[…]De la costilla que Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces éste exclamó: “Esta vez si que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Ésta será llamada hembra porque del hombre ha sido tomada””. En el Nuevo testamento se mantiene y se insiste en la idea, I Tim. II, 13. “porque Adán fue formado primero y Eva en segundo lugar”.

[3] Varios son los pasajes bíblicos donde se declara tal culpabilidad, pero es dentro de los libros sapienciales donde queda expresado de forma más directa: “por la mujer empezó el pecado, y por ella morimos todos” (Eclo. XXV, 24). En el Nuevo testamento lo encontramos en cartas de San Pablo como en I Tim. II, 14. “y el engañado no fue Adán, sino la mujer que seducida, incurrió en transgresión”.

[4] Gn. III, 16. “Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará”; I Tim. II, 15. “(la mujer) se salvará por su maternidad, mientras persevere con modestia en la fe, en la caridad y en la santidad”.

[5] Jn. IV, 16. “ve y llama a tu varón que es la razón”; I Co. XI, 3 “[…] la cabeza de la mujer es el hombre”; Ef. V, 21-24 “Sed sumisos […]: las mujeres a sus maridos, como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer […]. Como la Iglesia está sumisa a Cristo, así también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo.”

[6] Eclo. XXV, 21. “es una vergüenza que la mujer sustente al marido”; Eclo. XXV, 26 “(la mujer) si no quiere someterse a ti, córtala de tu propia carne”; I Tim. II, 12 “no permito que la mujer enseñe ni que domine al hombre. Que se mantenga en silencio

[7] I Pe. III, 3. “[] vosotras, sed sumisas a vuestros maridos [ ...]”; I Tim. II, 11. “La mujer oiga la instrucción en silencio, con toda sumisión”; Col. III, 18. “Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos, como conviene en el Señor.”; I Cor. XIV, 33-35. “como en todas las iglesias de los santos, las mujeres cállense e las asambleas; que no les está permitido tomar la palabra; antes bien, estén sumisas como también la Ley lo dice. Si quieren aprender algo, pregúntenlo a sus propios maridos en casa; pues es indecoroso que la mujer hable en las asambleas”.

[8] No fueron pocas las censuras que se atenían, entre otros, al argumento de que el cabello femenino era elemento perturbador y provocador. Tal fue el caso del dominico Vincent de Beauvais (1190-1264), lector del monasterio de Royaumont, que calificándolo como tal, argüía la necesidad de que se llevase escondido bajo el velo o rapado (Bechtel 2001: 268, donde cita De eruditione filiorum nobilium, 1937, Cambridge, Mass., págs. 172-194).

[9] El protagonismo que el cabello femenino ha tenido queda expuesto en gestos simbólicos que ha desarrollado la cultura cristiana, como el uso de rapar la cabeza como gesto de humillación, práctica que queda constatada desde tiempos bíblicos (Is. III, 17) hasta la historia reciente.

[10] En otras traducciones se puede leer “[…] es deshonroso para el hombre dejarse el pelo largo, […]?” (Mateos y Schókel  1984: 1785).

[11] Se cita ocasionalmente este tema en la Biblia, pero el mismo San Pablo lo repite en varias ocasiones, en I Co. XI, 7, se puede leer “El varón no debe cubrirse la cabeza/ llevar cabello largo”, según la traducción manejada. (Ubieta 2000: 1688).

Aristóteles y Filis, Hans Baldung, 1513. En pelotas sí, pero con tocado.
Aristóteles y Filis, Hans Baldung, 1513.
En pelotas sí, pero con el cabello oculto bajo el tocado.

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