Naná y el polisón (1870-1880).

“Naná estaba tan blanca, tan llenita y tan natural […] … sus redondos hombros, sus pechos de amazona, …; sus anchas caderas, que se movían en un balanceo voluptuoso; sus muslos de rubia regordeta…”

Naná, Edouard Manet, 1877.

Naná, Edouard Manet, 1877.

Naná es uno de esos personajes literarios que saltó de las páginas a las calles del París de finales del siglo XIX, convirtiéndose en testigo y testimonio de la realidad social de aquella época. El escritor Émile Zola (1840-1902) dio vida en 1880 a una protagonista odiosa, adorable y admirable. La dureza naturalista con la que Zola describe la supervivencia de una clase social abocada a la nada, queda recogida en el compendio de 20 novelas escritas entre 1871 y 1893, que lleva por título “Los Rougon Macquart. Historia natural y social de una familia bajo el Segundo Imperio”. Anne Copeau, conocida como Naná, es la protagonista de una de esas novelas, de origen humilde y descendiente directa de los Macquart, cuyo episodio se desarrolla en los años centrales de la década de los 70, ya asentada la Tercera República.

alfred stevens hacia los 80

The japanese mask, Alfred Stevens, década de los 80.

Naná ronda los 22 años cuando se convierte en una reconocida cocotte de varietés, no por sus cualidades en el escenario, sino por su belleza y juventud, y por mostrar su cuerpo con poca ropa. Dedicarse al mundo del espectáculo conlleva en este época, ser tratada como prostituta, pero si tenías mucha suerte, podías convertirte en mujer mantenida por amantes pertenecientes a la aristocracia y a la alta burguesía, prostituta de gama alta. Estas mujeres fueron la locura de hombres, en muchos casos casados, que llegaron a arruinar a la familia para satisfacer los caprichos de sus amantes. Una doble moral victoriana que, a pesar de estar mal considerada, se permitía y no se ocultaba. Bien es cierto que la misoginia decimonónica empujó a la consideración de la prostitución como una realidad necesaria, como el apagafuegos que evitaba que la castidad de la esposa se violara con las necesidades del desahogo masculino.

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Cafe-concert at The Ambassadeurs, Jean Beraud, década de los 80.

Por otro lado, la única manera que una mujer tenía de subir de escalafón social y salir de la pobreza, era a través del mundo del espectáculo. Esto fue lo que le ocurrió a Naná. Se convirtió en una dama elegante gracias a numerosos amantes que la mantuvieron, consintiéndole todo tipo de lujos.

“Entonces Naná se convirtió en mujer elegante, rentista de la necedad y la lascivia de los hombres y marquesa de las lujosas aceras. Fue un lanzamiento brusco definitivo, una ascensión en la celebridad de la galantería, en la clara vorágine del dinero y de las audacias y depilfarros de la belleza”.

The Box By The Stalls (1883), by Jean Béraud

The box by The Stalls, Jean Beraud, 1883.

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Love letter (detail), Auguste Toulmouche, 1883.

Naná, vestirá y vivirá como la más elegante. Lucirá la silueta del polisón.

[…]se corría el Gran premio de París en el Bosque de Bolonia. (…) Naná, apasionada, como si el Gran premio fuese a decidir su fortuna, quiso situarse contra la barrera, al lado del poste de meta. Había llegado temprano, una de las primeras, en un Landó guarnecido de plata y enganchado  a la Daumont con cuatro caballos blancos, magníficos, regalo del conde Muffat. (…) Naná vestía los colores de la caballeriza de Vandeuvres, azul y blanco, con un atuendo extraordinario: el pequeño corpiño y la túnica de seda azul se ajustaban al cuerpo, levantados detrás de los riñones en un polisón enorme, lo que delineaba atrevidamente los muslos en esos tiempos de sayas holgadas; luego, la falda de raso blanco, las mangas de raso blanco y un chal de raso blanco en bandolera, todo adornado con una blonda de plata que el sol encendía. Con esto, y descaradamente para parecerse más a un jockey, se había puesto una gorrita azul con una pluma blanca en el peinado, cuyos mechones rubios le caían sobre la espalda, pareciendo una cola de pelo rojizo.”

Edgar Degas, Le faux départ 1869-1871

Edgar Degas, Le faux départ, 1869-1871.

Se codeará con la clase alta en el teatro, la ópera y otros eventos, siendo, además, invitada a fiestas celebradas en casa de las familias más notables de París. Estos convites se ofrecían en los comedores y salones de las casas. En ellos se vestían trajes de gala que completaban la imagen que el anfitrión mostraba junto a la decoración interior, a lo que se sumaba su capacidad para celebrar el convite y la lista de invitados que acudían. Escribe el Marqués de Lozoya que “los cotillones permitían a la dueña de la casa mostrar su esplendidez y buen gusto, eran las fiestas que gozaban de más favor, saber dirigir un cotillón era un arte difícil…”[1]. Naná demostró su poderío celebrando cotilllones en su residencia, un hotelito que su amante, el conde de Muffat, le compró en la avenida Villiers, una de las zonas más caras de París.

“Naná sólo abría el gran salón de un Luis XVI demasiado rico, en las noches de gala, cuando recibía al mundo de las tullerías o a personajes extranjeros”.

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James Tissot, 1875.

En la época del polisón, ya no eran ni las emperatrices ni las grandes damas de la nobleza europea las que marcaban moda, sino las mujeres afamadas y adineradas, ya fuesen de la burguesía o de cualquier otro rango social, que como artistas o prostitutas mantenidas, serán las elegidas por los diseñadores para lucir sus modelos y exhibirán sus casas marcando estilo. En ellas se fijarán las demás mujeres, como fue el caso de la mítica actriz Sarah Bernhardt (1844-1923). Naná fue una de ellas.

“En seguida reinó entre las más cotizadas. Sus fotografías se exhibían en los escaparates, se la citaba en los periódicos. Cuando pasaba en coche por los bulevares, la gente se volvía y la nombraban con la emoción de un pueblo aclamando a su soberana, mientras que, familiarmente reclinaba sus tocados vaporosos, sonreía con aire jovial, bajo la lluvia de ricitos rubios que caían en el círculo azul de sus ojos y el bermellón de sus labios…. Y lo prodigioso era que esta gorda rameruela, tan torpe en el escenario, tan graciosa cuando pretendía hacerse la mujer honrada, interpretaba en la ciudad los papeles de encantadora sin esfuerzo. Aquello eran flexibilidades de culebra, un estudiado desnudamiento, como involuntario, de exquisita elegancia; una distinción nerviosa de gata de raza, una aristócrata del vicio, soberbia, revuelta, poniendo el pie sobre París como dueña todopoderosa. Ella daba el tono y las grandes damas la imitaban”.

Alfred Stevens.

Alfred Stevens.


[1] Boehn, M. von, op. cit. nota 6, p. XIII.


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