Estética victoriana: paisaje del alma (1837-1901)

Fue la burguesía adinerada la que modeló con su moral el siglo XIX. Victoriana y puritana para muchos coetáneos y pérfida e irrevocable para otros por su doble moral. Inteligente y cruel, fantasiosa y admiradora del pasado, colonialista, racional en sus descubrimientos y, por supuesto, elegante. Esta mentalidad se vio reflejada en el urbanismo, la arquitectura, la decoración doméstica, el traje y las costumbres. Umberto Eco afirma en su Historia de la belleza que es en ese siglo cuando “las clases burguesas alcanzan la máxima capacidad de representar sus propios valores en la vida cotidiana[1]. La estética se adaptó a las buenas maneras y la moral se engalanó, equiparando en ocasiones la riqueza decorativa a la riqueza moral[2], siempre bajo unas reglas que modelaban el vestir, la decoración y el comportamiento.

Henry Robert Robertson, The Interior of Hall Place, Leigh, near Tonbridge, Kent, Inglaterra (1879)
Henry Robert Robertson, The Interior of Hall Place, Leigh, near Tonbridge, Kent, Inglaterra (1879)

El interior de la casa del siglo XIX, dice Hereu, “se construye como paisaje del alma[3]. El concepto de interior englobaba no sólo el ámbito espacial de la casa, sino también su significado, donde se define el espíritu y la mentalidad burguesa. Soledad Pérez Mateo explica el concepto de interior doméstico que surge en el siglo XIX: “la íntima relación entre el objeto y el sujeto dentro de un ámbito privado, y la caracterización psicológica del burgués del siglo XIX a través del interior de su vivienda[4]. Cada detalle material presentaba un discurso: se exhibía para revelar el prestigio social y la identidad personal del dueño, que se veía reflejado “a sí mismo en la auto representación doméstica de la casa[5]. Lo mismo ocurría con el traje: objetos y prendas hablaban de grandezas, estatus, gustos e ideología, moral y creencias, cotidianidad, acompañando “la trayectoria vital del propietario[6]. De esta manera establecían un vínculo afectivo con el dueño, y pasaban a ser recuerdos que llenaban la soledad de la estancia vacía transformándola en hogar y le daban nombre y una genealogía al cuerpo desnudo, tal como ha sido siempre.


[1] Eco, U., Historia de la belleza. Barcelona, Lumen, 2004, p. 361.

[2] Pérez, S., “El interior doméstico: retrato del coleccionista del siglo XIX” en Actas do I Seminário de Investigação em Museologia dos Países de Língua Portuguesa e Espanhola, Vol. 1, Universidad de Oporto, 2010, p. 357.

[3] Hereu, P., “Lujo e interior burgués en la segunda mitad del siglo XIX” en Anales de la Arquitectura, nº. 2, Universidad de Valladolid, 1990, p. 112.

[4] Pérez, S., op. cit. nota 2, p. 355.

[5] Eco, U., op. cit. nota 1, p. 362.

[6] Pérez, S., op. cit. nota 2, p. 360.

 

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